Día a día, la Eucaristía nos
va transformando
cada vez más profundamente
en Cuerpo de Cristo que se
entrega para que nazca una
humanidad nueva.
(Const. 29)
Experimentamos con una nueva fuerza
nuestra espiritualidad
como un movimiento del Espíritu
que brota del costado abierto de Cristo,
como un dinamismo
una inspiración
un fuego
que puede transformar y transformar nuestras vidas
y darnos una visión profética del mundo.
Nos mueve la esperanza
de que nuestro mundo sea
un gran banquete
una mesa abierta
en la que se comparte el pan y la palabra
en la que el Señor enjuga las lágrimas
de tanta opresión, de tanta injusticia, violencia y división...
Celebrar la Eucaristía
y vivirla en medio de las luces y sombras de lo cotidiano
se van convirtiendo en un solo movimiento:
el Espíritu nos revela la presencia de Cristo
en el Sacramento
y en el mundo que sufre y espera.
Nuestra vida de comunidad
nos convoca a la Eucaristía
como raíz y fuente de todas nuestras relaciones.
Volvemos a la comunidad
con un amor nuevo
que nos hace hermanas en torno a una mesa común,
más capaces de reconocer nuestras heridas
de perdonar y ser perdonadas
de ensanchar espacios
para que cada una encuentre su lugar
y poder construir juntas
un signo de unidad en la diversidad.
Capítulo general 1994.
“Jesús nos llama a un
encuentro personal con El.
Quiere darnos a conocer
los sentimientos y las
preferencias de su Corazón”i
(Const. 18)
En la oración nos acercamos a El
con todo lo que constituye nuestra vida,
con los sufrimientos y las esperanzas de la humanidad.
Aprendemos a estar ante el Señor
en silencio y pobreza de corazón
a adorar y a permanecer en El en el amor y la gratuidad.
El Espíritu que vive en nosotros
nos va transformando interiormente.
Su gracia nos hace capaces
de ir quitando los obstáculos a su acción.
Nos une y conforma con Jesús
y nos hace sensibles a su presencia
en nosotras, en los demás, en la historia.
Llegamos a contemplar
y a sentir la realidad con su Corazón,
a comprometer nuestra vida al servicio del Reino
y a crecer en el amor:
“Tened entre vosotros los mismos sentimientos
que tuvo Cristo Jesús” (Fil. 22,5).
(Constituciones, 20-21)
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