El sello de la Sociedad del Sagrado Corazón en sus orígenes:
Dos corazones de Jesús y María muy realistas.
El Corazón de Jesús, del que se ve la herida, rodeado de una corona de espinas; la cruz plantada en este corazón y llamas para significar el amor.
El Corazón de María, un poco retirado, no haciendo más que uno, por así decir, con el Corazón de Jesús, traspasado también él, por la espada (profecía de Simeón), y del que brotan llamas de amor.
Encima, la hostia de la Eucaristía, radiante de luz, expresa el estrecho vínculo que Magdalena Sofía concibió siempre entre la Eucaristía y el Sagrado Corazón.
Alrededor, los lirios, símbolo de la pureza del corazón que permite a la religiosa unirse a la redención.
Esta imagen manifiesta que el objeto de la adoración eucarística es Jesús, dando su vida por amor nuestro. “El Corazón de Jesús, símbolo y manantial de los principales beneficios de su caridad con nosotros” (Cons.1815,66); que se puede expresar también con las palabras de la revelación a Santa Margarita Maria: “He aquí el Corazón que ha amado a los hombres y que es tan poco amado por ellos”.
“El Corazón traspasado de Jesús nos abre a la profundidad del misterio de Dios y al dolor de la humanidad”. (Const. 8)
El logotipo actual:
Sigue estando en él el Corazón, en movimiento dinámico; abierto, (sugiriendo de este modo la herida), presto a recoger, a reunir. Pero, sobre todo, se destaca el mundo, con la cruz plantada en medio de él, expresando así el prólogo de las Constituciones:
“Dios ha manifestado su misericordia y su fidelidad en un mundo herido por el pecado; ha enviado a su Hijo amado, que se ha hecho uno de nosotros y ha entregado su vida para liberarnos, recrearnos y reconciliar todo en Él, para gloria del Padre”. (Const. 2).
La Eucaristía está presente más que nunca: “ella nos incorpora progresivamente al don de Jesucristo a su Padre, para la vida del mundo y nos reúne en un solo cuerpo” (Const. 5) y “nos hace entrar en el misterio del Costado abierto de Cristo” (Const. 5).
El lugar de la contemplación se ensancha considerablemente. Ya no es sólo la Eucaristía la que se contempla para adorar a Cristo sino que el mismo mundo se hace objeto de nuestra contemplación para descubrirlo en él: “Cristo está ahí escondido en el corazón del mundo, donde lo ha sepultado su muerte y de donde surge su vida de resucitado, invadiendo poco a poco la historia” (Capítulo general, 1970)
Agnés Bigo, rscj, Francia. |
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