| Siempre quise ser un Príncipe Azul; aquél que aparecía en todas las historias de amor, en su corcel blanco al rescate de la princesa en apuros. Esa idea recurrente jugaba en mi mente todo el día. Soñaba con palacios y escaleras que me condujeran a la mujer amada.
Me enamoré pensando qué estrategia emplear para la conquista. Intenté ser simpático, dulce, tierno y galante. Un verdadero príncipe pintado para la ocasión.
La realidad me fue destiñendo de a poco. Mi caballo tordillo se fue oscureciendo lentamente. La princesa en apuros estaba plácidamente sentada en compañía de un no tan principesco caballero que ya la había rescatado. Los palacios se transformaron en piezas de alquiler y las escaleras en pequeños bancos de madera de alguna plaza foránea. Las estrategias me hicieron tan ciego que no supe ver en dónde estaba el amor. Fui estúpido, engreído, rutinario, soberbio y machista. Nada que ver con aquel sueño...
Mi capa fue perdiendo color por efectos del sol, la lluvia y el viento, quedando raída por el simple paso del tiempo.
Ya no quiero una princesa en apuros; necesito una compañera que camine a mi lado. No me interesan los palacios; me contento con un terrenito a orillas de un arroyo. Las escaleras pasaron de moda; me gusta un caminito de piedra y tierra. Abandoné las estrategias porque siempre perdí en la conquista; prefiero el descubrimiento y la sorpresa.
Las novelas ya no me quieren como protagonista ni héroe en capítulos. El espejo me devuelve, diariamente, una imagen descolorida de un hombre que aún sigue alimentando, con algunos ajustes, ese sueño incumplido.
Ya no quiero ser El Príncipe Azul. Sí, elijo ser Príncipe, pero Desteñido, para que la mujer que esté a mi lado escoja, con claridad, la pintura que más le guste y me tiña, cada noche, cada mañana, con el color que me merezco, con el color que ella quiera pintarme. |



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