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Ganadora de Concurso de Cuentos UDD
El día 16 de octubre se presentaron los resultados de la VII edición del concurso de cuentos para estudiantes de Enseñanza Media de la comuna de Concepción, los que fueron favorables para la alumna de nuestro colegio Valeria Burgos (3º Medio B), quien obtuvo el primer lugar.
“Cien tiempos en una historia de amor” fue el cuento que resultó ser el ganador. Es por ello que a continuación se dará a conocer con el propósito de que todos podamos disfrutar de un destacado talento de nuestro establecimiento.
Cien tiempos en una historia de amor
Valeria Burgos Ortiz
En un segundo nuestra cabeza toma un sentido claro, en dos minutos ese sentido ya está esfumado. Sólo basta darle tres vueltas a la esquina para descubrir que nuestro cerebro está partido en cuatro. En cinco minutos prometí llegar a aquel destino perdido, pero seis pasajeros retrasaron el recorrido de aquel autobús. Caminé siete cuadras para poder abrazarte, pero tú, en ocho vistazos al reloj de mi renegaste. Sufrí nueve meses el volver a verte, con diez kilos de más, te esperaba a las once de la mañana en aquel cuarto distinto. Las doce, marcaba el reloj de la iglesia, y tú todavía no aparecías.
Desconsolada, junto a trece personas más, vimos nacer a un ser nuevo, el catorce de abril de 2007. Quince ramos de flores recibí, sin embargo, solo esperaba el tuyo. Ese día derramé por ti dieciséis lágrimas, que guardo en la página diecisiete de mi libro preferido. Tenías dieciocho años, yo era dos años menor que tú, ¡imagina cuánto sufrí! Llamé a diecinueve personas preguntando si sabían donde estabas, pero solo recibí respuestas negativas que se juntaron a las veinte cartas que te envié y nunca respondiste. Recordé los veintiún meses que estuvimos juntos y ¡cuánto lo disfrutamos!; aquellos viajes por veintidós días a la playa, los veintitrés peluches que me regalaste, las veinticuatro horas que siempre pasábamos juntos.
Era una mañana de un veinticinco de diciembre. No te había visto en veintiséis meses y me seguía doliendo solo el recordarte, al ver la luz de los ojos de mi hija, veintisiete instantes al día. Veintiocho veces intenté llamarte, pero, algo me detenía a hacerlo, y aunque lo niegue, daba por ti veintinueve suspiros al día. ¡Aún te amaba!
Nunca me dijiste como habías logrado dar con la casa número treinta, donde vivíamos. Treinta y un minutos demoré en ducharme, hasta que escuché tocar la puerta, fui a abrir y en treinta y dos segundos quedé perpleja ante tu imagen, luego un desmayo.
Debo haber estado inconsciente varias horas, porque estaban dando ya la novela en el canal treinta y tres. Me preguntaste, ¿estás bien? Yo solo asentí. ¡No podía creerlo!, lo que había soñado alrededor de treinta y cuatro veces, ahora era realidad, volvías a mí, príncipe de la treinta y cinco, como solía llamarte, por el número final de la patente de tu motocicleta.
Rápidamente me levanté buscando a Carmina, mi hija, le había dado ese nombre en honor a mi bisabuela fallecida hace treinta y seis años atrás. Solían decir que yo era su vivo retrato. Él no lo sabía, no sabía que teníamos una hija, no pude decírselo en el local treinta y siete donde supuestamente nos íbamos a juntar aquella tarde de primavera. La vi durmiendo en su habitación, donde tenía esparcidos treinta y ocho lápices con los que había pintado treinta y nueve dibujos, era toda una artista a sus dos años de edad.
¿A qué has venido? Pregunté, comenzaste a darme una lista de cerca de cuarenta motivos por los cuales llegabas hasta mí.
Cuarenta y un golpes dieron en la puerta mientras platicábamos. Me preguntaste que había sido de mi vida en este largo tiempo. Te dije cuarenta y dos veces que eso no te incumbía, que siempre tenías como cuarenta y tres cosas que hacer ¿Por qué ir a visitarme? No me gustaba darle lástima a la gente, me dijiste que no era por lástima, que me recordabas todo el tiempo y si bien yo soñé treinta y cuatro veces contigo, tú lo hiciste cuarenta y cuatro. Te dije cuarenta y cinco veces que te marcharas, pero no me hiciste caso. Dijiste cuarenta y seis veces que aún me amabas y que ese día infernal debías marcharte al extranjero. Dijiste también, que me habías mandado cuarenta y seis cartas, no te creí. Le pregunté más de cuarenta y siete veces a mi madre si había recibido noticia tuyas y siempre lo negó. Afirmaste cuarenta y ocho veces que mi madre estaba loca, bien, quizás lo estaba. Pero no por eso debía mentirme. Cuarenta y nueve canciones tocaron por la radio hasta que en la canción cincuenta me diste ese beso.
En cuarenta y nueve segundos perdí completamente la noción del tiempo, por más que me repetí cuarenta y ocho veces que debía ser un sueño, me percaté que no lo era. Retrocedí en el tiempo y aunque te intenté apartar de mi cuerpo cuarenta y siete veces, no lo conseguí. El tiempo pasó fugaz. Cuarenta y seis canales de televisión recorrimos y no encontramos nada para ver, salvo una película en el canal cuarenta y cinco.
A las diecinueve cuarenta y cuatro, tomé tus manos y te dije con lágrimas en los ojos que teníamos una hija, que pasé más de cuarenta y tres penurias y aún así agradecía a Dios más de cuarenta y dos veces al día por ella.
Tú, no reaccionabas, te hablé cuarenta y una veces, pero parecías muerto. En cuarenta segundos reaccionaste y me pediste verla. Yo te llevé a ella, la miraste durante cerca de treinta y nueve minutos; dijiste más de treinta y ocho veces que era hermosa, igual a mí. Pero no era cierto, tenía tus mismos ojos, tus mismos gestos, e inclusive el mismo afán por insistir treinta y siete veces por todo.
Treinta y seis veces sonó mi teléfono pero lo ignoré completamente. Dejamos que la niña durmiese tranquila. Me pediste que te pusiera atención solo treinta y cinco minutos, yo acepté nerviosa, no sabía cual de las treinta y cuatro cosas que se me ocurría que podías hacer harías. Me miraste y me preguntaste si quería casarme contigo. Lo pensé como treinta y tres mil veces. Aún así afirmé insegura. Treinta y dos para las doce de la noche, tenía treinta y una dudas que hasta el día de hoy no puedo resolver.
Con treinta pasos llegó mi hija a nosotros. Veintinueve miradas te dio sin comprender nada. La intenté tomar en mis brazos veintiocho veces, pero me ignoró y sin comprenderlo se acercó a ti. Veintisiete minutos pasada la media noche y ya habíamos reconstruido una historia que quedaba inconclusa desde hace veintiséis meses atrás. Veinticinco de diciembre ¡un día inolvidable!, pasaron volando las veinticuatro horas siguientes. Te marchaste sin despertarme, dejaste una nota de veintitrés líneas diciendo que volverías pronto, con veintidós te amo, volví a temer no verte jamás, sin embargo te creí. Miré las veintiuna fotos que tenía de nosotros y las besé más de veinte veces. Ya iba a cumplir diecinueve años, tenía toda una vida por delante. Dieciocho canciones canté de pura felicidad, diecisiete versos escribí por ti en dieciséis minutos de mi vida.
Quince horas más tarde, llamaron catorce personas pidiendo que prendiera el televisor. En el canal trece daban las noticias y anunciaban que doce hombres armados habían entrado a un supermercado a saquear y robar el dinero. Once palpitaciones fuertes de mi corazón, diez sollozos sin comprender bien porqué, nueve heridos, ocho policías que llegaban a la escena del crimen, siete metros del televisor a la puerta, seis kilómetros de mi casa al supermercado. Cinco disparos, cuatro eternos minutos para decir los nombres de los tres muertos, dos personas que se amaron, una ilusión. Y no volví a verte nunca más…
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Colegio del Sagrado Corazón